Madrid: Estación Sur.
Apareces entre la hipnótica multitud de gente que se mueve con prisa sin saber muy bien hacia dónde. La música que escuchas parece envolverte en una fina película transparente que te aísla del barullo de la estación.
¿Qué leerá?
Vas distraído, en tu mundo.
Quizás por el azar, te sientas frente a mí.
Me miras.
Te miro.
Alternando la iniciativa, nuestras miradas se cruzan una y otra vez en un acto reflejo, casi automático, secuencial, buscando un por qué a esa atracción inicial y espontánea.
Sonrío.
Sonríes.
¿Le digo algo? No, no. ¿Estoy loca? ¿Y si son suposiciones mías? No. Me está mirando, a mí. Él debería decirme algo, ¡vamos, lánzate!
Pero no.
Con el corazón a mil, busco en mi bolsillo un bolígrafo y algo donde escribir.
Te sonrío.
Nos saludamos.
Me voy.
A unos metros de él, detrás de una columna, discuto conmigo misma sobre qué hacer.
Dudo. ¿Le doy la nota? ¿Si o no?
Nerviosa, te toco el hombro y te saco del mundo abstracto en el que buceabas con tu música y tu lectura.
-"¡Toma que me tengo que ir, pierdo el autobús!"
Asombrado, aceptas la nota. No se lo esperaba.
Me voy rápido, aún nerviosa, pensando en la tontería que acabo de hacer, así no se conoce a la gente, la vida no es una película.
Pasan un par de días, y recibo un e-mail.
Es él...
domingo, 12 de febrero de 2012
sábado, 12 de noviembre de 2011
Estación Sur 1/2
Madrid: Estación Sur.
Voy leyendo Rebelión en la Granja, de George Orwell mientras escucho cualquier canción de Joaquín Sabina. Tomo asiento para iniciar la espera y en un acto inconsciente y totalmente inexplicable me llamas la atención.
Te miro.
Me miras.
Alternando la iniciativa nuestras miradas se cruzan una y otra vez en un acto reflejo, casi automático, secuencial, buscando un por qué a esa atracción inicial y espontánea.
Sonríes.
Sonrío.
¿Le digo algo? No, no. ¿Estoy loco? ¿Y si son suposiciones mías? No. Me está mirando, a mí.
Venga, díle algo. El pulso se acelera.
Pero no. Cobardemente me sigo preguntando si hacer algo y siento cómo la voz de Joaquín Sabina me golpea en la nuca en un plano secundario al sonido de mis pulsaciones y al de mi voz interior.
De repente, te levantas.
Está todo perdido.
Me sonríes.
Nos saludamos.
Te vas.
Tenía que haberte dicho algo, pensé.
Amago la cabeza e intento autoengañarme con que todo fue fruto de imaginación. Que quizás hubiera tenido algo en mi cara y por eso te reías. Así no se conoce la gente, la vida no es una película.
Me tocan en el hombro. Me giro.
Con Sabina aun de fondo, te veo nerviosa dirigiéndote a mi y extendiéndome con tu mano una nota. No consigo acoplar lo que gesticulas con lo que me susurra la voz del cantante.
Me quito los cascos, devolviéndome al instante al ruidoso microcosmos de la Estación Sur.
- "¡Toma que me tengo que ir, pierdo el autobús!"
Acepto la nota aún estupefacto. La abro.
Me giro para contestarte y no estás.
Alterado, sonrío nervioso, aún sin encajar la situación que acababa de suceder, mirando a un lado y a otro.
La gente sigue en su ruido particular.
Yo, cierro el libro.
Voy leyendo Rebelión en la Granja, de George Orwell mientras escucho cualquier canción de Joaquín Sabina. Tomo asiento para iniciar la espera y en un acto inconsciente y totalmente inexplicable me llamas la atención.
Te miro.
Me miras.
Alternando la iniciativa nuestras miradas se cruzan una y otra vez en un acto reflejo, casi automático, secuencial, buscando un por qué a esa atracción inicial y espontánea.
Sonríes.
Sonrío.
¿Le digo algo? No, no. ¿Estoy loco? ¿Y si son suposiciones mías? No. Me está mirando, a mí.
Venga, díle algo. El pulso se acelera.
Pero no. Cobardemente me sigo preguntando si hacer algo y siento cómo la voz de Joaquín Sabina me golpea en la nuca en un plano secundario al sonido de mis pulsaciones y al de mi voz interior.
De repente, te levantas.
Está todo perdido.
Me sonríes.
Nos saludamos.
Te vas.
Tenía que haberte dicho algo, pensé.
Amago la cabeza e intento autoengañarme con que todo fue fruto de imaginación. Que quizás hubiera tenido algo en mi cara y por eso te reías. Así no se conoce la gente, la vida no es una película.
Me tocan en el hombro. Me giro.
Con Sabina aun de fondo, te veo nerviosa dirigiéndote a mi y extendiéndome con tu mano una nota. No consigo acoplar lo que gesticulas con lo que me susurra la voz del cantante.
Me quito los cascos, devolviéndome al instante al ruidoso microcosmos de la Estación Sur.
- "¡Toma que me tengo que ir, pierdo el autobús!"
Acepto la nota aún estupefacto. La abro.
Me giro para contestarte y no estás.
Alterado, sonrío nervioso, aún sin encajar la situación que acababa de suceder, mirando a un lado y a otro.
La gente sigue en su ruido particular.
Yo, cierro el libro.
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